viernes, 23 de enero de 2009

Etiquetas



Como los sellos,las monedas y las vitolas de puros, las etiquetas de vinos tienen sus coleccionistas. Estas siete son de finales del siglo XIX y se trata de litografías. Fueron compradas un domingo por la mañana en el mercado de San Antonio de Barcelona en donde hay algunos especialistas de esta curiosa manía coleccionista .
Se trata de etiquetas sin marca que se utilizaban para pegar en las botellas en donde se ponía vino adquirido a granel. Algunas de entre ellas son auténticas pequeñas obras de arte a las que se añade la nostalgia, no solo de los tiempos pasados, sinó de botellas bebidas que no volverán. Sin embargo, a la hora de la verdad, una etiqueta afiligranada de color brillante y llamativo puede ocultar un vino mediocre. No está demás repetir hasta la saciedad que la etiqueta tiene que ser antes que nada un documento informativo leal que no riñe con el buen gusto ni con la belleza.
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En 1945 el barón Philippe de Rothschild decidió conmemorar la liberación de Francia y el triunfo de los aliados etiquetando sus botellas de esa añada con una ilustracíon de Philippe Jullian, la famosa V del "Année de la Victoire"
Con éste, se inicio una larga línea de trabajos de arte originales creados para cada vintage por famosos pintores, incluyendo a Miró, Chagall, Dalí, Braque, Picasso, Warhol, Delvaux, Bacon, Balthus, Tàpies, etc...

enlace: Colección Chateau Mouton Rothschild
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sábado, 17 de enero de 2009

Aperitivos a la genciana


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Se conocen en la naturaleza pocos casos de perfumes tan tenaces como este; una gotita de alcohol de genciana sobre la lengua perfuma la boca durante varias horas, y hasta du­rante el día entero.
La extremada «eficacia» de este perfume afortunadamente compensa la escasez de la planta y, como consecuencia, el pre­cio elevado de la esencia que de ella se obtiene. La genciana de que tratamos es la Gentiana lutea que crece en las montañas, en los prados del Jura, de los Alpes y de los Pirineos a diversas alturas casi nunca inferiores a quinientos metros. Vive en todos los terrenos calcáreos montañosos, aunque en el norte de Europa puede encontrarse cerca del mar. Su área de expansión comprende todo el hemisferio norte. En el Himalaya se desarrollan gencianas a 5000m de altitud (Gentiana amoena). Hay gencianas que viven en el hemisferio Sur, en las montañas de Tasmania o en los Andes. Es una planta de la que se sabe poco respecto al modo de germinar y cuyas hermosas flores amarillas aparecen de re­pente.
Su crecimiento es tan lento que sólo después de unos veinte años se puede utilizar para los fines que en este momento nos interesan. Esta flor, enorme respecto al tallo, tiene una raíz que se hunde pro­fundamente en el suelo rocoso o semi­rocoso y es dificil de arrancar. Parece ser que un buen obrero consigue recoger alrededor de ciento cincuenta kilos al día y que hacen falta de trescientos a cuatrocientos para obtener un litro de ex­tracto cuyo precio de coste es poco más o menos igual que el de las esencias de flor. Por suerte, ya hemos visto que una pequeñísima dosis basta para comunicar al alcohol este sabor.
Las raíces reciben un primer tratamiento durante el cual son seleccionadas, lavadas y cortadas en trozos. A continuación se depositan en cubas, se echan varios litros de alcohol sobre ellas, se cierran los recipientes y se deja macerar, en una bodega fresca, durante un período de dieciocho meses a dos años.
Una parte de estas raíces, elegidas entre las más tiernas, seguirá macerando en alcohol y de ellas se obtendrá la infusión. El resto de las raíces se introduce en una mezcla de agua y alcohol para ser des­tilado. .
Para obtener el producto final, cada mar­ca mezcla, en proporciones variables que constituyen una parte de su secreto, el destilado y la infusión. Se añade entonces al producto obtenido... la segunda parte del secreto, es decir, una esencia de hierbas aromáticas con la que se dosi­fica el sabor amargo del producto final. No existen muchas casas que produzcan este aperitivo, pues su sabor algo amargo no gusta a todo el mundo.
Los aperitivos a la genciana se beben muy fríos, puros o con agua. Recordemos también que la genciana se utiliza igualmente para fabricar un aguardiente que resulta digestivo.
Los antiguos egipcios la utilizaban como estomacal. Después de la invasión de la Galia, las romanos alabaron los méritos de esta representante de su flora. Oliver de Serres habla de sus virtudes medicinales empleando la frase "auxilio en los alumbramientos". Boerhaave la tiene en gran estima porque cura las fiebres de toda naturaleza, así como el paludismo. La droga llamada "Febrífugo francés" es una mezcla a partes iguales de Genciana, Camomila y Roble. Era una de las doce plantas sagradas de los antiguos rosacruces que empleaban en su rito de iniciación. Philippus Aureolus Bombast von Hohenheim, conocido como Paracelso la cita en su obra Botánica Oculta.
Según Dioscórides, el nombre de Genciana es debido a Gentío de Illyria, rey de los eslavones; Laguna es de la misma opinión. Leclerc, en cambio, refuta esta teoría y piensa que el nombre de Genciana se debió a un mítico médico de la antigüedad. Para el médico y filósofo árabe Avicena, nacido en 980 y muerto en el año 1037 la Genciana es excelente para provocar la orina y las reglas y las más singular medicina contra las fiebres y las toxinas. Alberto el Grande, ilustre doctor en teología del siglo XIII, enseñó la manera de obtener un extracto útil contra las obstrucciones del hígado. Agrícola (1672-1738) afirmaba que era suficiente tomar cada día Genciana para conservar la salud. Simposiarca

sábado, 10 de enero de 2009

Banquete azteca

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Cuando Bernal Díaz relató su participación en la conquista de México, por ejemplo, estaba ansioso por revelar a sus lectores la grandeza de Moctezuma. En parte, ello se debía a las razones ha­bituales. de los conquistadores: hacer valer o exagerar sus logros al subyugar imperios inmensos. Pero Díaz tenía una razón más, de índole personal: se mostraba susceptible acerca de sus orígenes hu­mildes y su mayor alarde consistía en decir que su padre había sido concejal. Era una figura menor entre los hombres de Cortés, y casi no aparece en los primeros anales de la conquista, salvo en los que escribió él mismo. Por consiguiente, Díaz se sentía más que orgu­lloso cuando afirmaba que Moctezuma lo había considerado un caballero: en palabras de un soberano auténticamente majestuoso, esto casi equivalía a un elogio, de modo que aprovechó cualquier oportunidad para escribir acerca de la magnificencia de Moctezu­ma y del lujo de su corte.
Sin embargo, la descripción que Díaz hace de Moctezuma suena auténtica. Concuerda con otros relatos sobre la vida palaciega de los aztecas y la ética pródiga del consumo os­tentoso que deslumbra a los lectores de las listas de tributos aztecas.
El cacique comía tras una puerta de madera pintada de oro, en una sala iluminada por antorchas perfumadas de madera que ardía sin humo, sentado a una mesa cubierta con manteles y servilletas blancas. Trescientos platos, puestos en braseros, contenían «treinta maneras de guisados», incluyendo gallinas, pavos, pequeños pájaros cantores, palomas, «patos mansos e bravos», conejos y liebres, aves de caza a las que Díaz llama faisanes, perdices y gorriones, «y mu­chas maneras de aves y cosas que se crían en estas tierras, que son tantas que no las acabaré de nombrar tan presto». Según afirmó Díaz, «oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad», pero no lo presenció.
Después de que Moctezuma se hu­biera lavado las manos, sirvieron tortillas de maíz y chocolate amar­go en una copa de oro. También «traíanle fruta de todas cuantas ha­bía en la tierra» pero, como prueba de su abstinencia, el jefe apenas las probó. Las grandes serpientes que se servían en los banquetes de otros señores no parecen haber figurado en el menú de Moc­tezuma. Sin duda, las comidas de Moctezuma no eran un mero des­pliegue de extravagancia, riqueza o poder, sino que formaban parte de un sistema señorial de entrega y redistribución de recursos. Cuan­do hubo acabado de comer, entre su séquito se distribuyeron mil platos de la misma comida. Los ingredientes procedían de la in­gente cantidad de tributos enviados a las principales ciudades del imperio depredador de los aztecas, cada día, a espaldas de portado­res. En el palacio del aliado de Moctezuma, el cacique de Texcoco, se entregaban a diario los suficientes tributos como para alimentar a más de dos mil personas con maíz, alubias, tortillas de maíz, cacao, sal, chiles, tomates y calabacines.
Al igual que sucediera en Europa y en las grandes civilizacio­nes de Asia y América del Norte, el modelo de cocina refinada fue imitado por los aristócratas y plutócratas del mundo azteca. Según Bemardino de Sahagún, compilador franciscano de memorias azte­cas, «cuando alguno de los mercaderes y tratantes tenía ya caudal y presumía de ser rico, hacía una fiesta o banquete a todos los mer­caderes principales y señores, porque tenía por cosa de menos valer,
morirse sin hacer algún espléndido gesto, para dar lustre a su per­sona, gracias a los dioses que se lo habían dado, y contento a sus parientes y amigo».
Ofrendas florales, canciones, incienso y bai­les acompañaban a las celebraciones.
eñLos invitados llegaban a me­dianoche para asistir a banquetes que podían durar tres días. el menú solía comenzar con hongos alucinógenos, servidos con miel que causaban visiones "y aun provocan la lujurias. En una celebra­ción típica solia comerse la carne de unos cien pollos y entre veinte y cuarenta perros, con cantidades correspondientes de chiles y sal, maíz y alubias, tomates y cacao. Al final, circulaban jofainas, cacao, cañas de humo, obsequios florales, y se distribuían cientos de mantas entre los invitados que se marchaban.
Las zonas a las que convencionalmente se atribuían «grandes civilizaciones» en Mesoamérica y los Andes tenían tradiciones si­milares. Allí donde existen pocas pruebas de cocinas refinadas, los hábitos alimentarios de los caciques pueden deducirse, al menos, de la existencia de alimentos privilegiados: los marlines que apare­cen en estampas de las partidas de caza de los dirigentes entre los moche, por ejemplo, o los peces marinos que los mensajeros lleva­ban hasta el interior a través de las montañas con destino a la mesa de los incas en Cuzco. En algunas partes del continente americano hubo sin duda sociedades en las que la pobreza o las limitaciones de un entorno uniforme impidieron la diferenciación de la cocina.
Sin embargo, incluso en aquellos lugares donde individuos de todos los niveles sociales comían alimentos del mismo tipo, es posible vis­lumbrar indicios de las cocinas que se estaban gestando en prácti­cas tales como seleccionar alimentos relativamente escasos o muy estimados para las celebraciones de los caciques y para la recepción de embajadores o dirigentes extranjeros. En la década de 1770 un cacique celebró un banquete en honor de William Bartram en Ta­lahasochte, Florida. Se sirvieron costillas de oso, además de «vena­do, distintos pescados, pavos asados (que denominaban el plato del hombre blanco), pasteles de maíz calientes y una especie de gelati­na refrescante muy agradable, que llaman cante y que preparan con raíz de brezo de la China». Fernando-Armesto
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