jueves, 18 de diciembre de 2008

El vino y el humor

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Muchos son los personajes humoristicos relacionados de alguna manera con el vino, desde Falstaff de Shakespeare, gran bebedor de "sack", o vino blanco seco, a Rumpole, la creación literaria de John Mortimer, destinado, según mas de un crítico a ser inmortal. Rumpole, el abogado criminalista, casado con "La Que Debe Ser Obedecida", lleno de triquiñuelas legales, desaliñado, gran amante de los poetas ingleses, que cita continuamente para desesperación de su esposa, nunca está tan satisfecho como cuando respira el aire rancio del Old Bailey (el viejo Tribunal de Justicia de Londres), o bebe el "plonk", o vino barato, que le sirven en el bar de Pommeroy.
Pero hablar de vino y humor es pensar inmediatamente en Rabelais. Era Rabelais un pensador serío, preocupado por definir la libertad y el honor, por desarrollar una pedagogía adecuada a su época, por conseguir una reforma moderada de la Iglesia y por presentar un retrato del hombre ideal del Renacimiento. Escogió, sin embargo, la vía del humor, ya que, en sus propias palabras "reír es lo propio del hombre" .
Ya en el prólogo de Gargantúa, se dirige a los "muy ilustres bebedores" (y también, presumiblemente en su calidad de médico, a los afectados por la enfermedad venérea) como aquellos a los que su obra está destinada.
En la escena mencionada que preludía el nacimiento de Gargantúa, Rabelais pone boca de los bebedores una sátira de la filosofía escolástica medieval. En efecto, discuten de si fue primero la sed o el beber, afirmando uno que la primera, "pues nadie hubiera bebido sin ella en el estado de inocencia" y replicando otro que el segundo, ya que "privatio presupponit habitum". Lo que nadie contradice es que "Natura abhorret vaccum", es decir, que "la Naturaleza (léase estómago) aborrece el vacío". Cuando huestes del ambicioso rey Picrochole invaden la viila de la abadía de Seuillé, en tierras del padre de Gargantúa, los monjes se refugian en la capilla para entregarse a la oración.
No así Fray Jean des Entommeures el cual, viendo cómo el enemigo "vendimia su viñedo, donde está el vino para todo el año", se preocupa más por el "servicio del vino"
que por "el divino". Y afirmando ante el Prior que "jamás un hombre noble detestó el vino", lo que constituye "un apotegma monacal", cae sobre los invasores y él solo acaba con ellos.

El vino figura también de forma prominente en la obra de Thomas Love Peacock (1785-1866), llamado "el epicúreo inglés" cuyas novelas son distintas a todo lo que se ha escrito. Apenas sin argumento, reúnen en una mansión campestre. a un grupo de gentes dispares y extravagantes, como (en Headlong Hall) el pesimista, el optimista, el "statu-quo-ista", el clérigo glotón, etcétera; lo cual es motivo para una sátira social y política y también para burlarse de literatos de la época (como Shelley y Southey). En Melincourt aparece el personaje más extraño de todos. Se trata de Sir Oran Haut-Ton el cual, como la pronunciación inglesa de su nombre indica, es un verdadero orangután, criado por un negro y adoptado por Mr. Sylvan Forester. Este rico filósofo lo educa de tal manera que, excepto por la ausencia de lenguaje articulado (o quizá gracias a ella), se comporta y viste el orangután como un per­fecto "gentleman" inglés, tocando deliciosamente la flauta y disfrutando del título nobiliario y del escaño en el Parlamento que su benefactor le ha comprado. Bastan, sin embargo, en una ocasión, un par de vasos de vino para que Sir Oran Haut-Ton pierda la compostura y salte por la ventana.
En Melincourt un ala de la mansión ha sido invadida por una colonia de fantasmas. El vicario de la vecindad se propone exorcisarlos y, para ello, se instala en uno de los aposentos armado con una gran empadada de venado, un pequeño libro de oraciones y tres botellas de vino de Madeira.
En Crotchet Castle, el reverendo doctor Folliott declara, como en una reminiscencia ronsardiána, que "disfrutar de tu botella en el presente y de tu libro en un indefinido futuro constituye un delicioso estado de la existencia humana"
Es en The Misfortunes of Elphin que aparece una especie de Falstaff galés, el príncipe Seithenyn, uno de los grandes beodos de la literatura inglésa. "Sed bienvenidos los cuatro", les dice a unos inesperados huéspedes de su mesa; a lo que le responden:
"Os damos las gracias, pero sólo somos dos"

Cuando, como resultado de la destrucción de los diques, el mar inunda su castillo, el príncipe, que ha vaciado tantos toneles, consigue salvarse cogiendo a dos de ellos bajos los brazos. Después de ser rescatado, declara " Si los hubiera dejado llenos y a mi mismo vacío, como hubiera hecho un abstemio, nos habríamos hundido los tres". Sebastià Balet
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