lunes, 24 de noviembre de 2008

Una rata en la cocina

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La ratatouille niçoise se prepara con cebolla finamente cortada y ajo picado que se cuecen a fuego lento en abundante aceite de oliva mientras se seccionan en cuadritos ajíes verdes, se pelan y se rebanan berenjenas, se suman a la cebolla ya dorada y se prosigue la cocción. Se pelan los tomates (pasados por agua hirviendo), se les quitan las semillas y troceados se agregan a la cocotte. Finalmente se convierten en dados los zapallitos y se añaden. Sal, pimienta, tomillo y romero frescos, laurel a gusto. Dejar cocinar muy suavemente durante algunos minutos. Este plato tradicional de Niza es el que le cocina, con una moderna presentación que alterna prolijamente las verduras en láminas salseadas con tomate, la rata Remy al crítico gastronómico Anton Ego. Como magdalena proustiana, los sabores y perfumes trasportan a este personaje amargado, de corazón aparentemente reseco, a su lejana infancia, al gusto de la cocina materna. El tipo taciturno y soberbio, dado al abuso de su poder para juzgar, se derrite ante la obra de arte culinaria, pasa el dedo por el plato y se lo chupa, quiere conocer al chef responsable.
Junto con la cucaracha gigante, la rata es el bicho más detestado en cualquier cocina, pero Remy tarda en darse por enterado, tan fuerte es su vocación, tan irresistible su deseo de combinar ingredientes, especias. Rata rural primero, Remy se plantea cuestiones vitales al descubrir sus talentos gustativos y olfativos: “Si uno es lo que come, comamos bien”. Su prosaico padre, en cambio, opina que la comida es simple combustible. Una inundación arrastra hacia París a la gran familia ratonil, Remy sobre el libro del chef Gusteau como una balsa, es separado por la corriente y llega solo a la gran ciudad con todas las luces encendidas. Un París algo anacrónico y romántico de vieja tarjeta postal, más bien una idea de Paris desplegada en panorámica por el estudio Pixar que evoca claramente en más de una escena el paisaje de Un americano en París, de Vincente Minnelli. A esa visión idealizada se contrapone la precisión de las escenas de la cocina del restaurant Gusteau, adonde Remy va parar llevado por el destino. Una cocina perfectamente equipada con sus ollas de cobre, sus hornallas, su gran heladera, donde cada integrante del personal desempeña un rol bien definido. Son cinco, entre los cuales una chica, Colette, que ha logrado sortear todas las vallas (“la alta cocina tiene una jerarquía anticuada, basada en reglas hechas por viejos estúpidos, diseñadas para excluir a la mujer: me costó llegar hasta aquí”).
Después de la muerte de Gusteau, se adueña del restaurant un mercenario que fabrica comida industrial, Skinner. Al lugar llega en busca de trabajo un muchacho larguirucho con nombre de pasta italiana, Linguini, hijo de aquel gran chef. Remy, que imagina conversaciones con el fantasma de Gusteau, no puede con su genio culinario y mete mano en la sopa que intenta hacer el recién llegado. Entre los comensales está la crítica Soline Leclaire que aprecia mucho la preparación. Linguini salva a Remy de una condena a muerte dictada dictada por Skinner y el trato queda sellado: Remy se convertirá en una especie de Cyrano de Bergerac de Linguini, dirigirá la realización de sus comidas. Como la convención indica que la rata entienda el lenguaje del hombre pero no lo pueda hablar (aunque sí lo hace con sus iguales), Remy encuentra la manera de manejar a su salvador como una marioneta: metido dentro del gorro, le da tirones de pelo que el otro debe saber interpretar.
Los integrantes del equipo técnico de este film de animación siguieron cursos de cocina y también visitaron buenos restaurantes de París para estudiar la decoración y probar sus delicias. Tanto empeño se trasluce en el diseño general de la película, en la perfección con que funciona la cocina, en la erudición de las referencias. La verdad es que Ratatouille merece figurar a la par de La gran comilona, El festín de Babette, Bigh Night (con la que comparte una idea de ética profesional) y otras películas centradas en celebrar los placeres de cocinar y comer.
Brad Bird y sus colaboradores dan vuelta preconceptos con gracia y efectividad: no solo la rata Remy es reconocida como artista por el crítico transfigurado, sino que la escena del ejército de ratas invadiendo la cocina (una situación clásica del género de terror) despierta la simpatía del público. Si, se trata de un film donde se cumplen los sueños de una rata, uno de los villanos se ablanda gracias a un rico plato y la gran familia de Remy se sienta a la mesa a comer. Una fábula bienhechora para toda edad sobre la solidaridad y la creatividad que pueden surgir de la fuente más inesperada, como dice el crítico: “No todos pueden convertirse en grandes artistas, pero un gran artista puede venir de cualquier parte”. Talk show por Moira Soto

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