jueves, 6 de noviembre de 2008

Bodegas benditas

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Desde que se ha levantado el hermano Emiliano no hace más que pensar en que hoy hay que terminar de etiquetar las botellas de vino que ha encargado la compañía naviera. Y tendrán que trabajar duro si quieren hacerlo a tiempo. Al igual que el resto de los monjes del monasterio cisterciense de San Pedro de Cardeña de Burgos, el hermano Emiliano lleva levantado desde las cinco menos cuarto. Ha asistido a la "lectio divina", ha seguido con devoción los oficios de la mañana, desayunado a las ocho y media con bastante hambre. Pero sobre todo está deseando que llegue la hora del trabajo para asignar las funciones del día a los hermanos, que no se diga que los monjes no entregan un pedido a tiempo. El padre Marcos es el prior del monasterio en el que viven unos dieciocho monjes, pocos a tenor del tamaño del edificio que, en tiempos, albergó más de cien. "Nosotros somos criadores-explica-, no cosecheros. Compramos vino en la Ribera del Duero o en la Rioja y a partir de ahí hacernos el resto." El resto no es poco. El monasterio dispone de una bodega románica edificada hacia el siglo XI en la que reposa y mejora un vino ociosamente vigilado por los monjes. Difícilmente se le puede ocurrir a alguien un lugar mejor como bodega, que la quietud de un monasterio en el que hasta los padres y hermanos guardan voto de silencio. "Nosotros -continúa el padre Marcos' no compramos vino de todas las añadas. Sólo de algunas, de las que son buenas. Lo que nos interesa es la calidad. Para aconsejarnos colabora con nosotros un enólogo. Depende de la calidad de la cosecha tenemos el vino más o menos tiempo en las botas." El vino del monasterio se comercializa con el nombre de Valdevegón y realmente es un vino capaz de satisfacer los más exigentes paladares. Durante dos horas y hasta que las campanas llamen a sextas los monjes dedicarán su tiempo de trabajo a poner etiquetas a las botellas que llenaron la semana pasada. Todo el proceso es muy artesanal, lo mismo que la producción. De las bodegas del monasterio salen unos cuantos miles de botellas al año -que la discreción del padre Marcos se encarga de no especificar-, hacia Madrid y Barcelona fundamentalmente. "Empezamos a criar vino -recuerda el padre Marcos- el año 70 cuando se reconstruyó la bodega. En 1967 se había quemado una parte del monasterio y a raíz de ello decidimos poner en pie la en otros tiempos floreciente bodega. Al principio de forma modesta, pero hoy por hoy nuestro vino está muy bien considerado. Hay que tener en cuenta que es un vino de calidad y no muy caro." En 20 años el padre Marcos se ha convertido en un experto bodeguero y habla del vino con una especial reverencia, "el vino en la bota va a la escuela -dice- y en la botella va a la universidad, de aquí la importancia que le damos a la crianza en botella". El monasterio de San Pedro de Cardeña, en el que fue enterrado el Cid y toda su familia, es patrimonio nacional. El mantenimiento del mismo, al que están obligados los monjes, no es tarea fácil ni barata, y es por ello que sus fuentes de ingresos están diversificadas entre la bodega, el huerto y una granja de perdices que venden para la repoblación de cotos de caza lo que, en palabras del hermano Emilio, "no es tarea muy monástica". Los monjes también elaboran un licor a base de hierbas llamado la Tizona del Cid, nombre de resonancias guerreras. "Tenemos dos tipos de licores -cuenta el padre Marcos-. El primero lo fabricamos a partir de un proceso de destilación de 28 hierbas y el segundo por medio de un proceso de maceración. La fórmula nos fue legada el siglo pasado. Cuando, debido a las desamortizaciones de Mendizábal, nuestros antecesores tuvieron que abandonar el lugar, fue ocupado por una familia, que, al volver nosotros en 1940, nos devolvió la antigua fórmula." Y así, entre vinos y licores, oración, trabajo y estudio, siempre bajo la estricta observancia de las reglas de san Benito, pasará el día para estos monjes, cuyo silencio y escaso contacto con sus semejantes les confiere un cierto aire de niños grandes.
Josep María Serra